Castrati: El precio de una voz celestial y los riesgos de un “negocio” incierto
- Dr. Julio Enrique López Ruigómez

- 13 nov
- 4 Min. de lectura

En los siglos XVII y XVIII, la ópera y la música sacra requerían una voz tan alta y angelical que los cantantes masculinos que las interpretaran debían conservar sus cuerdas vocales intactas y juveniles. Pero claro, con la pubertad siempre al acecho, los humanos encontraron una "solución" poco convencional: los Castrati. ¿Qué mejor forma de asegurar una voz celestial que someter a los niños a un procedimiento quirúrgico irreversible? (Spoiler: ¡había otras maneras menos traumáticas, pero tardaron en descubrirlo!).
Las motivaciones parentales: ¡Todo por un futuro mejor!
¿Por qué unos padres tomarían la decisión de que su hijo fuera castrado? Pues todo giraba en torno a una única cosa: el dinero y el prestigio. En las familias pobres, sobre todo en Italia, donde ser un Castrato podía convertirte en una superestrella (y llenarte de oro como si fueras una máquina de hacer billetes), los padres veían esta operación como una inversión. La promesa de que su hijo se convirtiera en el próximo Farinelli —el Michael Jackson de la época barroca— tentaba a muchos a ignorar las horribles consecuencias.
Eso sí, no había ninguna garantía de éxito. Tal vez después de perder una parte esencial de su anatomía, el niño terminara con una voz chirriante o, peor aún, simplemente sin el talento necesario. ¿Qué pasa si la estrella no se alineaba a favor del muchacho? Bueno, muchos terminaron como monjes o cantantes de iglesia, pero sin el glamour que sus padres esperaban.
Técnicas de castración: De “cirugía” a aplastamiento (¡ouch!)
El proceso solía llevarse a cabo cuando los niños tenían entre 8 y 12 años. A esta edad, su cuerpo aún no había sido alterado por la testosterona que, naturalmente, cambiaría su voz.
Las técnicas variaban, pero aquí te dejo un par de ejemplos que harán que cruces las piernas de inmediato:
Extirpación directa: Como si se tratara de una simple extracción de muelas, los cirujanos retiraban los testículos del niño, asegurando que nunca experimentaran el florecimiento hormonal.
Método de aplastamiento: Algunos preferían un enfoque menos invasivo pero igualmente doloroso: sumergir los testículos en agua caliente (para “ablandarlos”) y luego, con una habilidad casi de chef, aplastarlos con una herramienta pesada. Esto provocaba atrofia sin una cirugía mayor. Básicamente, es el peor episodio de cocina que puedas imaginar.

Complicaciones y muertes: ¿Realmente valía la pena?
Sorprendentemente, muchos niños no sobrevivían el proceso. La falta de anestesia adecuada, higiene y conocimiento médico hacía que la tasa de mortalidad fuera alta. Las infecciones eran comunes, y si no era una muerte directa, las complicaciones a largo plazo incluían problemas hormonales, trastornos del crecimiento, osteoporosis y depresión. Pero para quienes sobrevivían, el sufrimiento apenas comenzaba.
El resultado incierto: La ruleta rusa del éxito
Ser castrado no garantizaba convertirse en un famoso cantante. De hecho, en los tres siglos que duró esta práctica, se calcula que miles de niños fueron castrados, pero solo unos 80-100 Castrati lograron triunfar en la música profesional. De esos, solo unas pocas decenas alcanzaron un verdadero estatus de estrella, como Farinelli, quien en su apogeo, era solicitado por reyes y nobleza de toda Europa. Mientras tanto, muchos otros acababan en trabajos mediocres, sin la fama ni el dinero que sus padres habían imaginado.
Los beneficios económicos: ¿Valía la pena arriesgarlo todo?
Para las pocas estrellas que emergieron, el dinero fluía como vino en una boda italiana. Los Castrati más famosos podían ganar sumas astronómicas, con contratos en los mejores teatros y giras por toda Europa. Farinelli, por ejemplo, fue uno de los mejor pagados de su tiempo, con una fortuna que pondría celoso a cualquier influencer moderno. Los padres que lograban este golpe de suerte podían retirarse temprano y vivir cómodamente.

¿Qué pasaría si los Castrati existieran hoy?
Imaginemos un mundo en el que, de repente, aparece en TikTok el “Castrato Challenge”. Aunque suena a broma de mal gusto, ¿te imaginas el escándalo ético? Hoy en día, esta práctica sería considerada una violación masiva de los derechos humanos. La castración de menores para obtener beneficios musicales sería condenada globalmente, y quienes la promovieran enfrentarían largas sentencias en prisión. Además, con el auge de la ciencia, las terapias hormonales y entrenadores vocales especializados, ya no es necesario sacrificar una parte esencial del cuerpo para alcanzar esas notas altas.
Análisis ético: El pasado vs. el presente
En su época, la práctica de castrar niños para que cantaran en la iglesia era vista como una forma de arte (aunque retorcida). Los padres que permitían la castración lo hacían, en su mayoría, con la esperanza de mejorar la vida de su familia. Hoy en día, esto sería clasificado como abuso infantil. Sin embargo, en un contexto histórico, puede entenderse que las oportunidades económicas y el fervor religioso justificaban esta horrenda práctica.
¿Qué aprendimos de los Castrati?
En resumen, los Castrati fueron un producto de su tiempo, reflejando las necesidades y las obsesiones de una sociedad que idolatraba la música por encima de la integridad física. Hoy, la música sigue siendo maravillosa, pero afortunadamente, hemos evolucionado lo suficiente como para proteger los derechos humanos por encima del entretenimiento. Al final, podemos seguir disfrutando de las notas más altas sin tener que recurrir a métodos tan extremos. ¡Viva la evolución (y las cuerdas vocales intactas)!



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