top of page

Ansiedad ¿Alguna vez has sentido que tu propio cuerpo te avisa que algo terrible está a punto de pasar, aunque no sepas exactamente qué?

  • Foto del escritor: Dr. Julio Enrique López Ruigómez
    Dr. Julio Enrique López Ruigómez
  • 15 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Así empieza muchas veces la ansiedad. No con un ataque espectacular, no con una crisis evidente, sino con señales pequeñas, incómodas y persistentes que uno aprende a normalizar… hasta que la vida empieza a hacerse más chica.

Hace algunos años yo tuve un problema de ansiedad. Y no lo digo solo como médico, lo digo como paciente.


Recuerdo perfectamente las sensaciones en el pecho y en el estómago. Eran “mariposas”, sí, pero no de las bonitas. Eran de esas que te anuncian peligro, como si algo estuviera mal aunque todo pareciera estar en orden. Una sensación constante de alerta. Pensamientos recurrentes, incontrolables, que daban vueltas y vueltas sin llegar a ninguna solución. El cuerpo empezó a hablar: molestias digestivas, tensión, cansancio. Todo fue apareciendo poco a poco, tan gradualmente, que no me di cuenta del problema… hasta que mi vida diaria empezó a limitarse.



Dormir se volvió difícil. El insomnio llegó acompañado de ideas catastróficas nocturnas. De día uno puede distraerse, pero de noche todo se siente más grande, más oscuro, más definitivo. La mente se vuelve un juez implacable. La concentración disminuye, resolver problemas se vuelve agotador y, con el tiempo, aparece una tristeza silenciosa que puede transformarse en depresión.


La ansiedad no solo te afecta a ti. Afecta tu trabajo, tus relaciones, tu paciencia, tu forma de estar con quienes te rodean. Afecta tu desarrollo personal y profesional. Poco a poco, sin darte cuenta, empiezas a evitar cosas: lugares, decisiones, responsabilidades. Y así, la ansiedad va ganando terreno.


En mi caso, fue un médico cercano —alguien externo a mi familia— quien identificó lo que estaba pasando. Me apoyó con medicamento y recuerdo algo que me sorprendió profundamente: mejoré de manera importante en las siguientes 24 horas. No fue magia. Fue medicina bien indicada, en el momento adecuado.



Después vinieron pequeños cambios en el estilo de vida. Ajustes reales, sostenidos, no recetas milagro. En aproximadamente tres meses estaba como si nada hubiera pasado. Pero para llegar ahí fue necesario aceptar algo fundamental: yo no estaba exagerando, no estaba “siendo débil”, no estaba fallando como persona.


La ansiedad es un problema de salud real. No es un invento. No es un berrinche. No es falta de carácter. Existe una alteración en neurotransmisores que afecta cómo pensamos, sentimos y reaccionamos. Puede modificar nuestra personalidad y nuestra forma de ver el mundo.


Un médico puede ayudarte. A veces con medicamento, a veces con orientación, y si es necesario, con referencia a psiquiatría. Y no, eso no significa que estés “loco”. Significa que estás cuidando tu salud.


Idealmente, habría que suspender aquellas actividades que disparan la ansiedad. Pero seamos honestos: eso no siempre es posible. Por eso es tan importante incorporar actividades que generen placer y rompan el ciclo ansioso. Baile, música, artes manuales, ejercicio, oración, conversaciones sinceras con amistades, momentos de silencio. No son adornos: son herramientas terapéuticas reales.



La ansiedad puede robarte calidad de vida si se le permite avanzar sin atención. Pero también es una de las condiciones que mejor responde al tratamiento cuando se identifica a tiempo.


Si te sentiste identificado con estas palabras, no lo ignores. No tienes que vivir así. Habla con un médico, busca orientación, pide ayuda. Cuidar tu salud mental no es un lujo: es una necesidad. Y, créeme, se puede volver a vivir con calma.

Comentarios


Envíame un mensaje y dime lo que piensas

¡Gracias por tu mensaje!

Contacto 444-285-2308

manosquecuidansalud@gmail.com

San Luis Potosí. S.L.P.

© 2025 Creado por Manos que cuidan

bottom of page