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El Misterio de la ‘M4t4 Viejitos’: La Enfermera que Susurraba al Oído de la Muerte

  • Foto del escritor: Dr. Julio Enrique López Ruigómez
    Dr. Julio Enrique López Ruigómez
  • 20 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Trabajé muchos años en el servicio de terapia intensiva de un hospital público, un lugar donde la vida y la muerte parecen tener una cita diaria. Allí, los pacientes llegaban a su última estación, muchos de ellos en estado terminal, pero con la curiosa costumbre de aferrarse a la vida de una manera casi desafiante. Había días en que algunos pacientes simplemente no se morían, por más que sus cuerpos dijeran que ya era hora de hacer las maletas y partir al más allá. Es como si estuvieran esperando una señal, una chispa final… hasta que llegaba ella: la famosa "Mata Viejitos".


Sé que el apodo suena fuerte, pero no nos malinterpreten. Esta enfermera, a la que llamaremos por su nombre secreto, "Matilde", tenía una reputación intrigante. No, no era una asesina en serie ni nada parecido. Matilde era una de las enfermeras más dedicadas y profesionales del equipo, pero tenía un don, uno que hasta hoy me sigue sorprendiendo: cuando Matilde se acercaba a un paciente en fase terminal, el reloj de arena comenzaba a vaciarse con velocidad.


Yo la observaba de lejos, intentando desentrañar el misterio de lo que sucedía en esos momentos casi solemnes. Matilde se acercaba al paciente, le susurraba algo al oído, como si le estuviera contando un chisme, una confidencia. Era un murmullo que nadie más podía escuchar. A veces me preguntaba si le hablaba sobre el Wi-Fi del hospital o sobre cómo Messi finalmente dejó el PSG para hacer un tour mundial con la selección de veteranos. Quién sabe, pero lo que sí sé es que esos pacientes, que llevaban días sin mostrar signos de mejoría ni deterioro, parecían reaccionar de alguna manera.



Luego de unos 10 a 15 minutos de charla secreta, Matilde hacía lo que a todos nos daba escalofríos: se dirigía a la familia, con una serenidad casi mágica, y les decía: “Es momento de despedirse”. La familia, que seguramente ya había escuchado sobre la fama de Matilde, se ponía en modo de despedida; abrazos, lágrimas, palabras de adiós.


Matilde terminaba su charla con el paciente y se retiraba, como quien apaga las luces al salir de un cuarto. Y luego, en cuestión de minutos, tal vez horas, el paciente fallecía. Como si hubieran estado esperando ese empujoncito final para soltar la cuerda de la vida. Lo más raro de todo es que esto no pasaba una vez o dos… ¡sucedía con frecuencia! Empezamos a bromear entre los médicos, como si Matilde tuviera la llave del otro mundo. "Si no te has muerto todavía, ¡que venga Matilde a arreglarlo!"



Por supuesto, como cualquier buen científico, intenté analizar la situación. Tal vez era el tono calmado de su voz, o el hecho de que ella les daba una sensación de paz. Tal vez el simple hecho de tener a alguien que te habla directamente al oído, que te hace sentir acompañado en ese momento tan íntimo, era lo que permitía a los pacientes finalmente dejar ir. Pero cada vez que pensaba en esta posibilidad, me venía una duda más intrigante: ¿y si los pacientes, en el fondo, tienen algo que decir en cuándo y cómo se van?


Lo más curioso de todo esto es que nunca supe qué les decía. Intenté preguntarle a Matilde un par de veces, pero siempre sonreía con esa calma misteriosa y me respondía: “Solo les doy un poco de consuelo, doctor. Nada más”. Y ahí quedaba todo, envuelto en el misterio. Una enfermera con el poder de las palabras o tal vez, simplemente, alguien que entendía mejor que nosotros el proceso final de la vida.



Al final del día, esto me dejó pensando sobre lo que realmente significa morir. Pasamos tanto tiempo tratando de evitar la muerte, de empujarla hacia atrás, que olvidamos que también es parte del ciclo natural. Tal vez Matilde solo estaba recordándonos, a su manera, que hay momentos en los que uno debe aceptar la muerte con la misma dignidad con la que vivimos la vida.

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